(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
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Si el historiador estudia la evolución de las sociedades, ¿cómo pensarla una vez que el siglo XX se cerró con el planteo del fin de la historia, la derrota de las revoluciones y el reinado de lo fragmentario y la micropolítica? Enzo Traverso –docente en la universidad de Cornell, en Nueva York, Estados Unidos, autor del best-seller La historia como campo de batalla y reconocido como uno de los más importantes historiadores de la actualidad– se hace estas preguntas en Melancolía de izquierda (Fondo de Cultura Económica), su nuevo libro, que reúne ensayos sobre esta situación paradójica a la que se enfrenta el historiador, cuando no el militante (Traverso es también un militante socialista que interviene desde el campo intelectual).

La melancolía implica una contemplación particular, ya que no trata de mirar la historia para pertrecharse de herramientas hacia el futuro, sino que la estudia en una situación de permanencia. La “melancolía” era considerada en el medioevo, primero, como un mal orgánico, fisiológico; luego, se transformó en una actitud hacia la existencia, hacia la vida, una virtud. Con esa mirada melancólica, ¿es posible preguntarse sobre cómo cambiar hoy el mundo? Walter Benjamin, el pensador alemán que conjugó a Marx con el Talmud, decía que el historiador debía pensar el “instante del peligro” para poder encausar una obra. Hoy, desde esta baldosa inestable de los tiempos, Traverso visitó el país invitado por la Universidad de San Martín, el Cedinci –que reúne los archivos de la historia de la izquierda y el movimiento obrero con gran prepotencia de trabajo– y la Fundación Rosa Luxemburgo para dar una serie de conferencias acerca de este problema. Traverso conversó con Infobae Cultura sobre estos tópicos.

–En su libro subyace una falta que, quizás, pueda ser resumida en la frase de Frederic Jameson: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

–Ese pasaje fue escrito por Jameson en la década de los noventa, algunos años después de la caída del muro de Berlín. Comparto el diagnóstico por la situación que se creó luego de la caída del “socialismo realmente existente”, pero estoy convencido que en este siglo XXI surgirán nuevas utopías. Estamos en un periodo de transición. Esta época está más cargada de miedo que de esperanza. El siglo XX estaba cargado de proyecciones utópicas hacia el futuro, que iba a ser de emancipación, de liberación. Hoy se piensa al futuro en términos de catástrofes ecológicas, por ejemplo, posibles, y eso hace difícil pensarlo.

La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado

–Ante esta dificultad de pensar el futuro usted remarca el rol predominante de las políticas de la memoria.

–Se habla mucho de memoria, una categoría que era marginal a lo largo del siglo XX hasta los años ochenta. No se hablaba de “memoria” ni en literatura ni en las ciencias sociales. Luego, la memoria se volvió en un elemento central en nuestras culturas. Pero se dibuja al siglo XX como el siglo de las guerras, los totalitarismos y genocidios, que claramente son una dimensión fundamental para leer al siglo XX, sin embargo esa focalización obsesiva en las víctimas es muy selectiva y a veces se transforma en un prisma deformante. El siglo XX no sólo fue el siglo de las guerras y los totalitarismos, sino que también fue el siglo de las revoluciones, de las olas emancipatorias, fue el siglo de la descolonización en todos los continentes. La memoria del movimiento obrero, de la lucha de clases, de las posibilidades emancipatorias se eclipsó y no tiene lugar en el espacio público. Esto se debe a la herencia de la derrota de las revoluciones del pasado. Y el mundo de hoy rompió la manera en que la memoria de esas revoluciones era transmitida. La memoria de izquierda era transmitida a través de marcos sociales propios del movimiento obrero como sindicatos, partidos. El mundo de hoy produjo el fin de las grandes concentraciones industriales, la precariedad laboral. Los partidos se convirtieron en máquinas electorales y eso produce que la memoria sea muy selectiva, desarrollada por los medios de comunicación y la industria cultural. Si el siglo XX es considerado el siglo de los horrores totalitarios fascistas y comunistas, eso implica una apología del orden dominante hoy, que estaría plasmado por la economía de mercado y la democracia liberal postulados como el mejor de los mundos.

–¿Hay una responsabilidad de cierta izquierda, que no denunció lo que hoy se conoce como “totalitarismo comunista”?

–Comparto la interpretación de Isaac Deutscher, historiador polaco que realizó su obra en Inglaterra, que detectó el retrato del anticomunista como un intelectual que muchas veces era comunista y luego transformó en una misión explicar al mundo cómo de malo era el comunismo. Su visión de “el bien contra el mal” no había cambiado, antes decía que la URSS era el paraíso y el capitalismo era el mal, ahora invertía las posiciones.

–Pero, más allá del discurso, ¿no sigue existiendo la lucha de clases?

–Las revoluciones árabes, por ejemplo, que derrocaron dictaduras y fueron interrumpidas por la guerra civil en Libia, tenían un límite porque no sabían cómo seguir avanzando. Ahora, la declinación de este movimiento, la integración de estos movimientos en un esquema de poder también afecta a las corrientes que plantean una superación del estado de las cosas.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
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–En su libro usted rescata manifestaciones culturales o artísticas que tienen potencia para mostrar el estado de las cosas. También toma a la película Tierra y libertad, de Ken Loach, que recupera un horizonte más clásico.

–El éxito de Tierra y libertad está vinculado a su capacidad de mostrar cómo el siglo pasado fue un siglo de esperanzas y acciones revolucionarias. Permite dibujar una visión diferente del pasado. Pero no es ingenua. Muestra una revolución derrotada no sólo por el enemigo, sino por sus propias contradicciones. Reconstruye el conflicto entre los revolucionarios y el estalinismo. Espero que haya otras películas que estimulen una reflexión crítica sobre el pasado.

–¿Qué queda de la hermandad de las vanguardias artísticas y las políticas que se vieron a comienzos del siglo XX con la actualidad?

–El arte en toda época es un vector privilegiado en la conformación de un imaginario. Los sueños inconscientes de la sociedad muchas veces se expresan en la creación artística. Pero ahora la reificación del arte en el mercado es tan fuerte que esas posibilidades son ocultadas. En mi libro escribo sobre la bohemia del siglo XIX, que creo es actual. Hoy muchos artistas son bohemios, crean en condiciones de marginalidad, pero con mucha potencia. En movimientos como Ocuppy Wall Street había muchos artistas involucrados en esos movimientos. Hoy se puede ver eso en revistas como Jacobin en los Estados Unidos, cuya contribución es significativa.

–En las últimas elecciones hubo diputados “socialistas demócratas”.

–Yo vivo en los Estados Unidos y veo que esas corrientes se adhieren al Partido Demócrata por una cuestión funcional, para poder inscribirse en la política que llegue a las mayorías. Saben que el Partido Demócrata es uno de los pilares del capitalismo estadounidense, y no es por capitulación que integran ese partido, sino que es un cálculo político para poder desarrollarse a través de ese canal. No digo que no plantee un problema o que no sea una estrategia polémica, sino que observo que lo hacen de manera consciente.

–Una de sus actividades en la Argentina está organizada por el Cedinci, que es un centro de archivo de la memoria histórica de la clase obrera y la izquierda argentinas. ¿Existen fenómenos parecidos en Estados Unidos?

–Espero que aparezcan, pero lo que hay en Estados Unidos son universidades con archivos muy ricos del movimiento obrero, pero que no son centros de reflexión sobre esos movimientos. Sólo recopilan archivos. En Cornell, donde trabajo, hay un archivo muy grande sobre los sindicatos. Pero no hay instituciones como el Cedinci, que tienen un perfil intelectual y una actividad de esa naturaleza.

(Leandro Martinez / Comunicación UNSAM)
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-¿Cómo ve la intelectualidad de izquierda en Europa la situación en la Argentina, en cuanto al lugar de la izquierda?

–Se ve con mucho interés, atención y simpatía. Pero desde afuera se ve que la tensión está copada por el macrismo y el peronismo. Se ve que este polo de izquierda está ocultado por esa dominación binaria. Lo que puede ser interesante es que en la Argentina hay una búsqueda de cambio que no sea la invención de algo totalmente nuevo, que nace con un corte radical con el pasado, sino que hay una nueva izquierda que se plantea como una continuidad de una raíz histórica. El problema es que en la Argentina hay esa recomposición que no es directa del gran movimiento de masas como puede verse, por ejemplo, en España con Podemos, que es el producto más perfilado del movimiento de “indignados”. Vamos a ver qué pasará en los próximos años.

 

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